EL MUNDO RURAL, YA NO LO ES TANTO, Y EL URBANO AÑORA EL CAMPO
3.VII.07
No se crean Vds, y seguro que lo saben, que es tan fácil hacer todas las semanas un artículo sobre temas agrarios, o los demás aspectos de nuestro ámbito rural; por mucho que se disponga de fuentes con informaciones continuas, y cada vez de mejor calidad, sobre todo lo que sucede en el ancho mundo de la agricultura. Y en ese contexto, lo que sí está claro, es que al final, el asunto de cada semana, surge por la inspiración de algo que hemos visto, leído, o que nos han contado.
En el caso concreto de hoy, la musa, podríamos decir, ha sido Lorena Farrás, que en el número del domingo 1º de julio de 2007 de La Vanguardia, nos obsequió con un artículo espléndido, titulado “El campo añora los tiempos pasados”. En el cual viene a decir que en todo el agro catalán, se quiere vivir como en Barcelona. Reflexión que cabe extender a casi toda España, en cada área respecto a los núcleos urbanos regionales más importantes.
“La frontera entre lo rural y lo urbano hoy es una franja difusa. Lo cual no debe llevar a la nostalgia, y menos a la hipocondría. Debe inspirarnos, en cambio, la idea de un mundo más equilibrado” |
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En otras palabras, y como decimos en el título del presente artículo, “el mundo rural ya no lo es tanto, y el urbano añora el campo”, casi un bonito pareado. Que refleja el inevitable proceso de globalización social que también se da dentro de cada país, resultando que, más o menos, todos queremos vivir lo mejor posible, tal como nos instruyen las emisoras de televisión. Y por esas y otras razones, los habitantes del campo envidian la ciudad; y en cierto modo, viceversa en lo que se refiere al contacto con la naturaleza, el aire limpio, el silencio y la calma, que se supone para los agrovivientes.
El tema no es baladí, ni de hoy precisamente, pues se arrastra desde hace mucho tiempo. Como casi recientemente se puso de relieve por uno de nuestros escritores del siglo XVI, Fray Antonio de Guevara, en su obra “Menosprecio de Corte y alabanza de aldea”. Y en ese sentido, desde hace años, tenemos nuestra particular reflexión conjunta Benjamín García —nuestra gran autoridad de sociología rural— y yo mismo. De modo que no tan lejos de lo que sucedía en el siglo de oro, entre nosotros hay un cierto elogio de lo rural y un vituperio de lo urbano, en un contexto (y eso es lo nuevo) de ósmosis entre dos mundos antes tan distintos y distantes, que habría dicho Don Leopoldo C.S.
En esa dirección, los agricultores, por citar el título de una gran novela de un escritor asturiano, Palacio Valdés, ya no viven en “La aldea perdida”. Y esos mismos ciudadanos, en consecuencia —y ahora viene la cita de un gran autor alemán—, ya no pululan, que dicen contradictoriamente los castizos, como “el lobo estepario”. Los paganos de hoy (porque viven en los pagos, que son los campos), ya no deambulan solitarios por los páramos agrestes, recónditos, olvidados. También van a las discotecas, hacen botellón con los urbanitas, y entran en las letales estadísticas de Tráfico de los fines de semana.
En definitiva, la frontera entre lo rural y lo urbano, como en tantos otros aspectos de la vida, hoy es una franja difusa. Lo cual no debe llevar a la nostalgia, y menos a la hipocondría. Debe inspirarnos, en cambio, la idea de un mundo más equilibrado, y con más posibilidades para todos. Y especialmente para la gente más del campo, que todavía en muchos casos trabajando de sol a sol, haciéndolo casi siempre a la intemperie.
Catedrático de Estructura Económica
Cátedra Jean Monnet de la UE
Miembro del Club de Roma |